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El Poder del Huevo
Vicente Verdú
En toda la naturaleza, acaso no
hay una formación tan compleja y enigmática
como el huevo. Se puede contemplar un huevo
durante un tiempo prolongado y no hallar nunca
término a su amenidad.No es el caso, por
ejemplo, de la esfera que nos despide con su
obsecuencia monótona, ni es un cubo que se
calca y se repite en su tenaz tartamudez.
El huevo es, por el contrario, elocuente,
distintivo y elegante. No revela nunca su
misterio y se complace en los designios de su
pulida ambigüedad. El
huevo es como la simiente del universo.
También, por supuesto, de la vida sin descifrar
y cuya formidable eclosión, él produce en
silencio, interiormente, sin dar cuentas a
nadie; sin dar cuentas a nadie del portento que
se realiza dentro de sí como en una alquimia
inescrutable y sustraído a
toda observación.
El huevo es más que real. Es superreal. Es tan
surrealista como para constituirse en la pasión
de los sueños de Dalí, de Gris o de Miró,
para acompañar la pintura de Velázquez o de
Zurbarán y para ser, como escultura, la más
tenaz obsesión abstracta de Brancusi.
En todos los casos su atracción es a la vez tan
fuerte como impenetrable. Posee, en realidad, la
seducción propia del objeto perfecto. Del
objeto perfecto que se ama a sí mismo con tal
perfección que excluye la posibilidad de ser
perfeccionado por cualquier
adición forastera.
El huevo es así superior y sagrado. Su
consistencia y volumen despide una majestad que
el puño siente cuando lo apresa y de cuyo
contacto la mano recibe siempre la invitación a
seguir acariciándolo más.
Los males de ojo se resolvían en contacto con
el huevo porque de sus efluvios podía esperarse
la conversión de lo aciago en benefactor, de lo
avieso en metáforas del oro.
Todo es en él, desde su enigmático hermetismo,
una provisión de beneficencia.
Y nuestra vida cotidiana se hace amorosa y
entrañable gracias a las mil presencias de su
alimento. Cualquier hogar es impensable sin la
relación entre la figura materna y la
preparación de las tortillas con patatas, los
huevos fritos, revueltos, escalfados o pasados
por agua; o sin los inolvidables postres que
tienen al
huevo en el trono de su pasta y su sabor.
No hay enfermedad a la que no se la haya visto
una prometedora superación gracias a la
energía de la yema, tan nutricia como un manjar
directamente destilado de los secretos de la
vida. Dentro de la yema está Dios, el sol, el
mapa condensado de la noble existencia
primitiva.
Sobre el mantel del cuadro se ve brillar la
concordia cuando luce el bodegón de un plato
ocupado por un arreglo de huevos. Por ese camino
más doméstico, el huevo hermético en su
apariencia exterior, se vuelve sin embargo muy
vecino.
Un vecino tan cercano o tan íntimo que podemos
relacionarnos con él como la franca
representación de la que nacemos y, así,
cuando lo absorbemos, resucitamos.
Energizante, bueno para la protección de la
vista, bueno para el metabolismo del cerebro,
propicio para la hidratación de la piel,
apropiado para combatir el estrés, aconsejado
para aumentar la potencia sexual, el huevo es la
cápsula de la vida.
De toda la vida que entendemos y amamos.
Contemplándolo cerrado nos suscita la mágica
pregunta de nuestro posible origen divino, y no
en vano algunos se cuecen entre el rezo de una
salve, pero al comerlo obtenemos la respuesta de
una comunión con el impulso común de la vida.
Satanizado un tiempo por su aporte de
colesterol, la ciencia ha vuelto, al fin de este
siglo, a liberar al huevo de su condición
amenazante. Supuesta amenaza que, en definitiva,
no era acaso otra cosa que la encubierta
manifestación de un temor a lo que es
sustantivo.
En las postrimerías del siglo XX, sin embargo,
el huevo ha recobrado, con las investigaciones
científicas de hace unos meses, una nueva y
merecida credencial. No sólo vuelve a ser
apreciado en la dietología.
Es también importante en nuestra semiología
social. Exactamente en unos tiempos donde es
abundante la pérdida de referentes y sentidos,
la recuperación del valor
del huevo es el símbolo de una reconquista que
nos permite volver a ganar el
disfrute de lo complejo, de lo enigmático y de
lo que, al fin y al cabo, es
sustancial.
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